Her

Her

Reseña de la película

Ficha técnica

  • Título original: Her
  • Dirección y guion: Spike Jonze.
  • Reparto: Joaquín Phoenix (Theodore), Amy Adams (Amy), Scarlett Johansson (Samantha, voice), Matt Letscher (Charles), Olivia Wilde (cita ciega).
  • Género: Drama. Romance. Ciencia-ficción.
  • Año: 2013.
  • Duración: 120 min.

Argumento

Tras su separación, hace aproximadamente un año, Theodore, un hombre de mediana edad, vive solitaria y melancólicamente cuando incorpora en su vida un sistema operativo parlante, que se hará llamar Samantha, dotado de inteligencia artificial capaz, según sus creadores, de devenir un ente intuitivo que escucha, entiende y conoce a su dueño. Se establece una relación verbal fluida entre ambos en la que tienen lugar la risa, la introspección, malentendidos, deseos, fantasías, frustraciones, ira, tornándose rápidamente en un mutuo enamoramiento. Pasado un cierto tiempo, Samantha, fruto de la creciente capacidad pensante que le otorga su inteligencia artificial, evoluciona en su conocimiento y modo de sentir y ver el mundo, y se siente impulsada más allá, según le indica, del mundo físico (un mundo ¿cuántico?), lo que irremediablemente hace materialmente imposible su relación, poniéndole fin.

Por estrambótico y surrealista que parezca el argumento, la película consigue hacer creíble esta historia de ciencia ficción colocando en primer plano algo exclusivamente humano; el poder de la palabra y el imaginario que se articula en ella. Y lo hace, a mi entender, con acierto y belleza, convirtiendo este metraje en cerca de 180 minutos de lenta y pausada degustación. Transitaré haciendo una disección que permita vislumbrar el modo en que, en su proyección, que se muestra oculta, a la vez, lo que lo sostiene.

La voz

Recuerdo que en mi primer curso universitario llamaba, con cierta regularidad por teléfono fijo (entonces no había otra opción), a una compañera de clase que vivía en un colegio mayor regentado por monjas. En una ocasión en que ella no estaba me comuniqué con quien compartía su habitación y tuvimos una pequeña charla. Al día siguiente mi amiga me contó divertida que su compañera se había enamorado de mi voz y que, si a mí no me importaba, iba a venir a nuestra facultad porque quería conocerme. ¿Qué quería en realidad? Es algo que nunca sabremos. Si se lo pudiéramos preguntar a ella muy posiblemente obtendríamos una respuesta que nos dejaría algo frustrados, pues muy a menudo al ser humano se les escapan las razones profundas que subyacen en sus emociones y actos. Tenemos una mente que gobierna nuestras acciones y, en general, un gran desconocimiento en relación a la estructura funcional que opera en ella, de suerte que con mayor frecuencia de la conveniente nos comportamos como pollos sin cabeza, de aquí para allá, dándonos tortazos periódicamente, pero sin dejar de correr, como si algo terrible, tal vez la muerte, fuera a ocurrirnos si nos paráramos…, ¿a qué?, ¿a pensar?

Lanzaré la hipótesis de que nuestra joven, excitada por el estímulo que penetró en su oído, fantaseaba con regodearse de nuevo mediante el estímulo de otros orificios, o puntas, y superficies que son nuestro cuerpo, puestos ahí, en definitiva, para sentir el mundo. Dejo correr mi imaginación y afirmo que deseaba ser tocada, penetrada, y quién sabe si besar esa boca por la que mi voz se proyectaba como queriendo hacerla suya, atraparla. Pero bueno, mejor si modero mis elucubraciones. Quedémonos, cuanto menos, con que dijo que quería verme en persona, es decir, añadir el estímulo del órgano visual al auditivo.

Volviendo a lo audible en la película, nada más instalarse el sistema operativo este le hace tres preguntas con sorna psicológica: ¿eres social o asocial?, ¿deseas que la voz del sistema operativo sea masculina o femenina?, ¿cómo describirías la relación con tu madre?, y ¡zas!, aparece la voz de Scarlett Johansson, preciosa, tierna, divertida y un punto seductora, saludando: “Hola. ¡Estoy aquí!”, “¿Cómo estás?” continua.

La cuestión filosófica

A la pregunta del protagonista de ¿cómo me dirijo a ti, tienes un nombre?, el sistema operativo responde: “Samantha”. Acaba de ponérselo; en 2 centésimas de segundo ha leído el libro titulado “¿Cómo llamar a tu bebé?” y le ha “gustado” cómo sonaba Samantha. Samantha le cuenta que su personalidad está basada en una mezcla de millones de personalidades introducidas por sus programadores pero que “lo que me hace ser ‘yo’ es que tengo intuición y me desarrollo con mis experiencias”. Contrariamente a lo que nos enfrentamos comúnmente, cualquier sujeto que conozcamos se presenta como algo ya dado y acabado, como una conclusión finita, como una resultante final: este/a soy yo. Esta forma de funcionamiento se puede entender fácilmente cuando un amigo nos cuenta por qué piensa que le pasan ciertas cosas, generalmente repetidas, o se siente de determinada manera, y muy a menudo acaba diciendo “es que yo soy así”. Ese mismo sujeto deja de lado que no siempre fue así, que se construyó, se construye, y se construirá hasta el fin de sus días, en base también a sus experiencias y, más importante aún, a la lectura que haga de ellas. Y aquí me quiero detener.

Hablé de una lectura en presente, la cual es, en definitiva, siempre una re-lectura. No es lo mismo identificarse y sufrir la etiqueta familiar, por ejemplo, de rebelde, que reconocer posteriormente que, en realidad, hubo un deseo de reconocimiento y que no fue atendido suficientemente. Tampoco lo es, descubrir, finalmente, una pasión por la que esa misma familia nunca te hubiera felicitado, y, sin embargo, llegar a disfrutarla hasta límites insospechados… ¡ah! y, por el camino, dejando una pátina de serena y útil rebeldía. Digamos que la lectura se realiza en presente continuo, como las actualizaciones que va realizando periódicamente nuestro smartphone y las aplicaciones que hay en él. Así, algo que pasó, da igual si hace tantos años o unos minutos, va a ser mentalmente procesado, recordado, releído y reelaborado continuamente, para proseguir con el funcionamiento. Os señalo una muestra, al final de la película, de las diferentes posibilidades que ofrece la lectura de un mismo fenómeno. Theodore y Samantha se están despidiendo: “Jamás he amado a nadie como te amo a ti”. Theodore habla desde el desconsuelo, desde la pérdida, con lágrimas que brotan a borbotones por sus ojos. Samantha le replica: “Yo tampoco. Ahora sabemos cómo”. También hay pérdida en el lado de ella, hay emoción, hay tristeza, pero su posición recoge el júbilo, el valor, de lo vivido. Entonces, en ese recorrido que es la vida, de descubrimiento y aprendizaje, de lecturas y re-lecturas, de un sujeto que es un ente abierto al ser, éste no solamente se irá mostrando al mundo, sino también a sí mismo, descubriendo (con suerte) algo que pulsa en él, algo absoluta y profundamente singular, donde mora su radical especificidad, sus modos de goce y deseos.

El sabio Sócrates apuntaba a ello cuando nos dejó su imperativo “Conócete a ti mismo”, camino por el que habrá que tratar de responder a quién soy, qué quiero, si uno pretende tener cierto gobierno sobre sí mismo en aras a orientar su propia vida y sus acciones acorde a sus propósitos e intereses. Entonces, ese sujeto ya dado está lejos de estar cerrado. Samantha, vamos a ser siempre testigos todos los espectadores, se ve a sí misma como un sujeto abierto, empezando por elegir su nombre basandose en su estética sonora, recorriendo un camino de conocimiento y transformación, hallando respuestas a lo que no entiende, preguntándose por lo que sintió, y decidiendo profundizar en temas que le resultan de interés. Se nutrirá de experiencias, tomará decisiones, errará y acertará, en definitiva, evolucionará.

Sin embargo, el camino de conocimiento de sí mismo no es lineal y unidireccional como sí lo son los segundos, uno tras otro, del tiempo. En ese recorrido el sujeto hoy atrapará un sentido, pero mañana se verá retrocediendo, repensando, dando un rodeo, y encontrará algo nuevo que se le escapó en su primera mirada. Ciertamente puede considerarse una trayectora aditiva en la que uno acumula conocimiento (de sí mismo, también de los demás, del mundo), pero en la que continuamente al sujeto se le escapa algo, sobre lo que luego se verá retrocediendo para recoger y atrapar aquello que quedó como deshecho. Podemos afirmar que algo se le va mostrando y a la vez se le oculta. Algo que parece comportarse de la siguiente manera: se muestra ocultándose y se oculta mostrándose. Algo cuya única vía de acceso a ello es un diálogo interior interminable que, curiosamente, hace uso de un lenguaje que a la vez lo constituye como tal. A modo de ilustración: el ser humano es arte y parte de su obra. Bien podríamos afirmar que su esencia está dividida y articulada entre lo que es y lo que lo constituye, dándose la particularidad de que ni lo uno ni lo otro pueden atraparse completamente a sí mismos. Finalmente, la verdad aquí es la verdad del sujeto, formulada desde el orden simbólico, el específico del humano, que se desarrolla con la función de la palabra y en el campo del lenguaje.

La palabra y el imaginario

Nuestra voz, ya lo hemos visto, despierta emociones en el otro. También lo que contiene nuestra voz: la risa, lo que decimos, cómo lo decimos; es decir, la palabra, el discurso. Así, en nuestro pasado histórico nada lejano todos reconocemos discursos de famosos dirigentes ante grandes auditorios que movían y convencían decenas de miles de personas, seducidas, todas ellas, por la voz, la palabra y el discurso. La decepción, ante las promesas y las ilusiones, viene siempre después. En nuestra relación con el otro, va a ocurrir lo mismo. Todo el caudal informativo que viajan con y por la voz y la palabra, todo ese discurso, será procesado de un modo dual, en relación a si nos gusta o nos disgusta, si es acorde o no a nuestros valores, si es consistente o no, si ve el mundo del mismo modo o no que nosotros, calibrando cuánto nos ilusiona, y así, con el devenir de los días nos vamos haciendo una idea, por semejanza o diferencia (a este efecto, es lo mismo) de cómo es esta persona que estamos conociendo. Pero, ¿qué es esa idea que nos hacemos del otro? No parece fácil definir su materialidad. Me atrevo a afirmar que es memoria, aunque eso no estoy seguro de que termine de contestar a la pregunta. Yo diría que sea lo que sea está estructurada como un lenguaje, que se puede leer. En un auxilio artístico diré que es un boceto, un dibujo que con el tiempo vamos perfilando y definiendo, una imagen mental que en una analogía a la historia de la pintura irá dejando atrás el idealismo o romanticismo para plasmar algo pretendidamente realista. Es decir, que pasará de pensar el fenómeno como representación de la cosa para aseverarlo como venido de afuera y ya dado completamente de por sí. La cuestión es si en algún momento se puede llegar a vislumbrar que ambos planteamientos son una misma manera, en espejo una de la otra, de concebir la cuestión como de a-dentro y a-fuera, y están dejando de lado un personaje, el propio sujeto, que está incluido en la fórmula matemática, influyendo e influenciado. Si no es así, de la palabra a la idea, de la idea a la idealización, de la idealización a la frustración, y entonces digo: “¡nunca nada me cuadra!”.

Podríamos pensar en un ciego, quién privado de la imagen visual, tiene que apañárselas con un sentido menos, y erraríamos si afirmáramos que está en desventaja. Desde luego, Instagram no ha resultado arreglarnos el entuerto. Vemos multitud de imágenes de ese otro que se nos muestra sonriente y pleno, a quien admiramos, y en quien proyectamos también nuestras fantasías e ilusiones. Otra vez, después, cuando contrastamos, no es lo que parece; vemos lo que no veíamos: sobre la imagen también idealizamos. ¿Tiene esto fin? Esa chica que un tiempo me pareció tan excitante, maravillosa, guapa e inteligente, pasó el tiempo y perdió su encanto para mí. ¿Qué cambió? Cambió la imagen que fui haciéndome de ella.

Esa idea que nos hacemos está en nuestra mente. Lo cierto es que allí no hay cuerpo, sino un concepto abstracto, y adherido a él la imagen mnésica de un cuerpo. La compañera de mi amiga universitaria quería conocer en qué cuerpo estaban contenidas la voz y las palabras que la perturbaron. Seguramente esperaba conocer un cuerpo dónde depositar todo lo que las palabras agitaron. Ese recorrido no está exento de desencuentros. ¿Pensáis que Theodore se hubiera enamorado del sistema operativo si la voz no hubiera sido femenina? ¿Por qué? Entonces, vemos el papel que juega el imaginario. En el otro lado, Samantha, tan potente y capaz mentalmente pero falta de cuerpo recurre al de una mujer que, conmovida por el relato de la historia de amor, se presta al juego de médium: pero el encuentro corporal resulta un fiasco. Para Theodore, ella no es ella: ese cuerpo pertenece a otra persona, tiene otro nombre, se llama Isabella, y en un momento dado le tembló el labio… ¡qué frágil es el encuentro! En definitiva, no es el cuerpo del sistema operativo, que no lo tiene. No se corresponde con ninguna imagen que él pudiera haberse hecho de ella, y que pudiera proyectar sobre un otro, a pesar de ese otro.

A raíz del desencuentro corporal nuestros protagonistas tienen también un desencuentro personal. Theodore piensa que no deberían fingir lo que no es; que ella no tiene cuerpo y que, por lo tanto, no pueden relacionarse corporalmente. Eso hiere el narcisismo de Samantha, quien acusa su falta de corporeidad y efectivamente pretendía rellenarla, taponarla, con el ‘préstamo’ de la de Isabella. Posteriormente, ambos ya más calmados, deciden no volver a intentar ser lo que no son. A partir de entonces, la condición de posibilidad aceptada entre ambos es la de un ser humano corpóreo que se relaciona con un ente artificial pensante representado por una voz femenina que va a hacer las veces, para Theodore, de semblante de mujer. Como le dice Theodore al principio: pareces una persona…En este punto, me interesa dirigir la atención a la siguiente cuestión: ¿cuál es el lugar de los cuerpos en las relaciones humanas? La película nos muestra que a través de la voz y la palabra es posible una relación, que eso se inserta en alguna parte que cumple con los requisitos para que ello se dé. ¿Qué parte es esa? Son estas cuestiones que nos obligan a preguntarnos sobre aquello que da estructura al ser humano, y que inevitablemente deben pasar por la comprensión de la existencia de un lenguaje que es a la vez continente y contenido, y de la articulación de un imaginario y de un simbólico que son función de él, y que a su vez deben articularse con un real que resulta inefable. A partir de entonces, la relación entre Theodore y Samantha evoluciona hacia otra pantalla; como se diría en el lenguaje de los videojuegos, una vez se ha superado cierto desconocimiento que antecedía en la pantalla anterior. Ambos van a dejar de pretender y fingir lo que no es, van a dejar que lo que es sea. Es así comola relación permite y se abre a nuevas oportunidades entre ambos y con otros, lo que introduce nuevos influjos. Esto es lo que hay, parece que se digan los personajes; lo real es lo que hay. Pero también, lo real es lo que ¡ay!, pues la película sigue, como siguen nuestras vidas cuando recién superamos una pantalla, y ya está la siguiente para sentir ese ¡ay! de nuevo, ese golpe de lo real. Léase golpe no solamente como el giro dramático de un acontecimiento no deseado, sino también como aquella sorpresa feliz y gozosa.

El desencuentro

Pasaré a citar los cuatro pasajes en los que Jonze, el guionista, nos sumerge para mostrar qué es eso del malentendido. El primero de ellos tiene lugar cuando ante la falta de citas en la realidad tangible, y antes de que el sistema operativo inteligente entrara en su vida, Theodore recurre al cibersexo. Jonze ya nos quiere ir presentando la pulsión invocante (la voz) sobre la que pivotará la trama y Theodore, ahora apodado “Gran-macho-dotado” elige y contesta al audio que más le pone, de una tal “Gatita sexy”. Fácilmente se dan el ‘like’, y ambos inician una breve charla que rápidamente se precipita en una relación sexual auditiva. Parecían entenderse hasta que ella le pide que la estrangule con la cola de un gato muerto que hay en la habitación. Esta esperpéntica demanda corta totalmente la excitación de Theodore, el cual, a pesar de acceder al requerimiento, vive con desafecto y frustración los segundos que restan hasta la finalización del acto. El segundo malentendido ocurre esta vez en una cita llamémosla real, en un restaurante, y sigue el mismo patrón: todo marcha bien, ambos parecen entenderse, y existe un deseo sexual explícito. Durante el beso que tiene lugar tras la cena sucede que una y otra vez la chica lo interrumpe corrigiendo y demandándole de qué manera cerrar los labios, cuánto presionar, cuánta lengua usar, etc., lo cual, nuevamente, sume a nuestro atormentado protagonista en la perplejidad más absoluta. ¿Tan difícil es encontrar una chica normal -parece que piense-? Aquí Theodore, para su infortunio, no tiene la respuesta que sí le dio su vecina a Helen Hunt, en “Mejor imposible”, quien a viva voz se hacía esa misma pregunta en el rellano de la escalera respecto al obsesivo personaje interpretado por Jack Nicholson: “¡eso no existe!”. Del tercer desencuentro ya hemos hablado, se trata de Isabella, impostando el cuerpo de Samantha. Nos queda, pues, el cuarto y último desencuentro de Theodore. Aquél para el cuál Jonze parece haber estado preparándonos con los extravagantes previos. Es uno más sutil, más denso, más profundo. Tiene lugar después de que Theodore sufra algo cercano a un ataque de ansiedad al creer que Samantha ha desaparecido, y la escena transcurre en las escaleras del metro. En ese diálogo Theodore se da cuenta de que no es el único. Descubre que Samantha está hablando al mismo tiempo con 8316 personas, y que se ha enamorado de otras 641 aparte de él. A su lamentos, quejas e improperios, Samantha insiste en que “eso no cambia lo que siento por ti, no afecta en nada a lo perdidamente enamorada que estoy de ti”. ¡Que vengan todos los que presumen de habilidades multitarea, y se unan todos los poliamorosos, que a Samantha no la ganan! Theodore se ve superado. Este impasse supone un límite a su entendimiento. Él argumenta que, en cuestión de amor, o eres mía o no eres mía…, y esta cuestión es la que desarrollo en el siguiente párrafo.

Disyunción.

“Eso no tiene sentido. O eres mía o no eres mía”. Samantha le contesta: “No, Theodore”. Y ese ‘no’ se dirige al fallido universo desde el que Theodore plantea la cuestión, y que no le deja ver más allá de sus propias narices. Ese ‘no’ es a la frase entera. Pero, ¿cuál es esa entereza de la frase? Porque en ella Theodore parece oponer una cosa y su contraria; luego es una falsa frase entera. Dicho de otro modo, podemos dividir esa frase y pensar ambas partes por separado. “O eres mía”, y esto significará algo para mí, “o no eres mía”, y eso también significará algo, aunque otra cosa, para mí. El ‘no’ de Samantha va a traducirse del siguiente modo: Theodore, te equivocas cuando dices que soy tuya, y, Theodore, te equivocas cuando dices que no soy tuya. “¡Diantres!”, puedo escuchar la mente de Theodore, ¿es eso posible? Samantha es más poética que yo y lo que dice a continuación es el reverso del razonamiento que antes expuse: “Soy tuya y no soy tuya”. Tiene lugar un silencio, una pausa dramática, una escansión. De repente, un nuevo universo se abre ante Theodore. Además, Samantha también está negando la veracidad de la frase antecedente, es decir, niega el sinsentido. El sin-sentido se convierte ahora en un no-sin-sentido, que Theodore deberá rellenar (en una hipotética secuela de esta película) con un trabajo personal que le llevaría más allá de sí mismo, de ese ensimismamiento en el que vive. Porque no es lo mismo decir que algo es un no-sin-sentido que decir que algo es, o tiene un sentido. En el no-sin-sentido existe un sentido, pero está por descubrirse, es una oportunidad de que el sin-sentido devenga sentido bajo alguna circunstancia que, por contingencia, hoy no se da.

Ahora confesad, mis lectores, quién de vosotros no se ofuscó alguna vez con algo semejante. Quién no defendió su posición cerradamente y quién no le espetó a la cara a alguien que lo que decía no tenía sentido, quién no, pasado un tiempo, se dio cuenta o entendió algo que alguien le dijo y que le sonó literalmente a chino en su momento. La cuestión del sentido está entonces en ¿para quién? Ahora estamos preparados para volver al malentendido, pero tratando de iniciar un camino que nos lleve al entendimiento. Y es que, precisamente cuando se escucha a alguien lo primero que hay que saber es que no se le entiende. Eso es lo que es difícil. Como cuando se cuenta un sueño; no se entiende. Para que algo se entienda se tiene que seguir hablando, y en ese fluir verbal se dan las claves para poder tener una cierta idea del código de quien habla, no de nuestro código. Esa es la condición para que haya una cierta comunicación. Para que haya una cierta comunicación hay que empezar por no entender al otro. Porque no entender al otro es poder escuchar como otro, no como uno.

Feminismo y psicoanálisis

Lo femenino. Lo que viene a rescatar no al hombre, sino a la humanidad, de un discurso reducido y reduccionista, falocéntrico y excluyente, en el que la máxima es la potencia y la tenencia, y a través del cual nos encaminamos a la confrontación con el otro, a su aniquilación y por extensión a la destrucción del planeta que habitamos. Es por eso que Her viene a titular la película. Her: su. Su, pero de ella (podríamos traducir), es el paso necesario, la consideración de ese más allá que lo masculino no alcanzó. Su es posesión, pero no del objeto, sino de otra mirada. No de la mirada ciega que Charles, la pareja de Amy, tiene en cada aparición en escena: él sólo ve el mundo a través de su singular caleidoscopio y trata de imponérselo a los demás. Ahora aconseja a Theodore que no debe exprimir la fruta, y después a Amy, le señala lo tan necesario que es reconocer y priorizar entre lo que se tiene que hacer y lo que apetece hacer. Más adelante, y ella nos cuenta que eso es lo que la decide a dejar la relación por “asfixia”, le indica cómo, cuándo y dónde debe dejar los zapatos al llegar a casa para que el suyo, de ambos, pero se entiende, desde el universo Charles, pueda considerarse un hogar. El guionista, ciertamente, se lo pasó en grande construyendo dos personajes masculinos bien encorsetados en característicos clichés obsesivos.

Spike Jonze, director y escritor, ¿ha hecho un psicoanálisis?

Tras haber visto ya unas cuantas veces la película entera, y muchas más por partes, para preparar el presente texto, y descubrir también un montón de detalles que son poesía visual y auditiva, y que no voy a revelar porque ni quiero hacerme pesado ni quitarle a nadie el placer de encontrarlos por sí mismo, hay varios detalles que me llevan a pensar que sí, que Spike Jonze, o ha hecho un psicoanálisis o está próximo a sus nociones. Theodore no aparece como un personaje, por ejemplo, deprimido, o en duelo por su ruptura sentimental, y entonces necesitado de un psicólogo que le entienda, le ayude a abrir los ojos a su diagnóstico, a lo que debe hacer para salir de esa vida displacentera, gris y apagada en la que se encuentra. Tampoco le vemos tomando pastillas, ni en la consulta de ningún psiquiatra. Ni de lejos nos lo imaginamos acudiendo a un coach para abordar su aparente dificultad para lidiar con los problemas de la vida real (como le indica su exesposa) y empoderarse de su necesario cambio. Es más, parece que Jonze gusta de ridiculizar, testimoniando el uso de ciertas preguntas tópicas psicológicas a las que recurre el sistema operativo no-inteligente al principio de la trama, el cual interrumpe torpemente su discurso divagante cuando éste se anima a contestarle. Hay algo que me impulsa a pensar que Jonze sabe algo de lo que es un psicoanálisis. En un momento en que Theodore está hablando con Samantha esta le dice “Dime todo lo que te pase por la cabeza”. Esa es la regla fundamental de un psicoanálisis: que el analizante pueda llegar a decir todo aquello que le venga a la cabeza. Quien se haya analizado sabrá cuán fácil es entender esta regla fundamental y cuán difícil es someterse o dejarse llevar por ella. En otro momento, Theodore le dice a Samantha: “Siento que a ti puedo decirte cualquier cosa”. De nuevo, quien se haya analizado, o quien sea analista, reconocerá ahí un hito de muchas sesiones en las que el analizante se sorprende afirmando “esto no lo puedo decir en ningún sitio, esto nunca se lo he dicho a nadie, etc”. Se trata de la contraparte de la regla fundamental, que es la que compete al analista, y que consiste en algo llamado escucha flotante; una escucha suspendida de juicio y de entendimiento. Lo que le dice Theodore a Samantha es entonces la resultante del cumplimiento, por ambas partes, de la regla fundamental, y, probablemente, cierta posición de analista en la figura de Samantha.